Carolina sentía que había llegado tarde a su propia vida. No sabía en qué momento se había perdido, solo que el miedo había empezado a decidir por ella. Vivía en una especie de pausa constante. No porque no quisiera avanzar, sino porque cada paso le parecía una renuncia. Elegir un camino significaba cerrar otros, y Carolina aún no sabía cuál era el suyo. Se levantaba cada mañana con la sensación de estar ocupando un lugar que no terminaba de encajarle. Cumplía, sonreía, respondía a lo esperado. Pero por dentro algo seguía quieto. No era tristeza, sino un cansancio profundo: el de no reconocerse del todo en la vida que llevaba. Entonces empezó a preguntarse si las personas llegan para quedarse o si, a veces, solo llegan para enseñarnos algo esencial sobre nosotros mismos. Carolina está a punto de descubrirlo.
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