En el extremo austral de la Tierra, donde el mar parece invertirse y el sol muere cada tarde sobre la nieve, los selk'nam nombraron a sus dioses. El arrebol antártico recorre esa cosmogonía olvidada: Temáukel, el ser supremo que respira en el primer cielo; Kenos, el que caminó sobre la tierra recién nacida y la pintó con sus manos; los antepasados que se volvieron fogatas en la bóveda de la noche.
A través de cuatro cantos, Londrain teje un homenaje a Karukinka —la Tierra del Fuego— y a un pueblo cuyo recuerdo se resiste a desaparecer. Cada verso es un gesto de memoria: la certeza de que, mientras alguien mire el arrebol encenderse en el horizonte, ese mundo sigue vivo.
Porque quizás la eternidad sea solo eso: lo que dura el reflejo de un cielo desangrado en el alma de quien lo contempla.
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