Miguel vive en la calma de lo previsible. Días que se repiten, calles que se atraviesan sin mirar, gestos pequeños que sostienen una vida discreta. Ha aprendido, como tantos, a observar sin involucrarse. Pero hay miradas que pesan. Encuentros que dejan marcas. Y una ausencia que abre una grieta por la que empieza a filtrarse aquello que siempre estuvo ahí: la violencia silenciosa, cotidiana, a plena vista de quien decide no apartar los ojos. La ciudad, entonces, deja de ser fondo y se vuelve escenario. Cada esquina interpela. Cada silencio exige una elección. Porque no mirar también es un acto. Y porque enfrentar el mal, cuando aparece sin disfraces, tiene un costo. Esta novela acompaña el recorrido íntimo de un hombre común que deja de ser espectador. No para salvar a nadie, sino para asumir el riesgo mínimo y decisivo de no mirar hacia otro lado.
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