Creado al amparo de las ideas de Keynes y a afianzado gracias al trabajo de, entre otros, Paul Samuelson, el Estado del bienestar ha sido sinónimo de estabilidad y prosperidad durante más de seis décadas. Sin embargo, la desfavorable evolución demográfica y las crecientes tensiones presupuestarias de los estados modernos, entre otras circunstancias, han reavivado el debate sobre su sostenibilidad e, incluso, su legitimidad. Para hacer frente a sus retos de futuro se necesita, desde luego, imaginación política y económica. Ahora bien, a las mejoras de eficiencia les debe acompañar el convencimiento de que el estado del bienestar merece ser sostenido. Es decir, hay que tener clara la respuesta a la pregunta: ¿en qué tipo de sociedad queremos vivir?
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